Quien decide ser sabio, debe dejar de reccionar a todo estímulo, es imperativo dejar de funcionar como combustible.
El erudito, el lector incuestionable, cae en este error, determinado como un reactivo, un hambriento insufrible de lectura, TERMINA POR PERDER LA CAPACIDAD DE PENSAR POR SI MISMO, sólo responde al apetito del astro que no posee su luz propia, solo se siente pensante al husmear entre libros, esperando que brote algún manatial lejano, donde poder beber y lavarse el cuerpo de la cruel decadencia en la que pernocta. Para él pensar es responder a un estimulo, a un pensamiento leído. Solo critica cosas pensadas y repensadas, en el fondo de su alma siente miedo de descubrir, quiere caminar por encima de "otros cuerpos", tantea el camino seguro no quiere sucumbir a los arrecifes prometidos, no quiere desgarrar las carnes de su espiritu, quiere estar a salvo, en su biblioteca personal, fisgoneando clásicos, títulos rebuscados y perdiendo subjetividad. Su espiritu de autodefensa se ha debilitado, de no ser así, si la erudición no fuera fuente inagotable de decadencia, el erudito se defendería de los libros. no los coleccionaría como tesoros que dificultan la conciencia haciendo de ella un terreno ramplón y mal educado.
Defenderse de la literatura es el protocolo de la autodefensa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario